Contracorriente (2012)

Paraje sonoro (video-instalación) 

Carolina Rojas y Pedro Rojas. Colectivo sedimentos

Tiempo: 00:01:40 loop 

Páramo de Letras, Parque Nacional de los Nevados, Colombia

Proyecto de investigación-creación: Afección-Contacto

«En el drama del encuentro, algo se abre y alguien penetra. Alguien encuentra su lugar donde devenir sentido; algo admite y se abre para devenir sensible. Se trata de la fragua de los hábitos del desvivirse, del desmoronarse, del sentir y ser sentido. Sólo se puede leer al tacto, al recorrer o tentar losconstantes ‘accidentes’ de las pieles y de los suelos.» Carlos Mesa

La acción consistió en nadar contra una cascada de agua helada. Recuerdo la respiración agitada, las brazadas torpes, el cansancio en los hombros, el sentirme golpeado por las rocas, el haber tragado agua, no había miedo, solo movimiento y desorientación. Las manos estaban encalambradas, me invadía la sensación de que todo mi esfuerzo había sido en vano, de alguna manera, no era más que un engaño: nadar era una manera de hacerme creer que tenía el control, lo cual no fue para nada cierto, estuve siempre a merced de la cascada. Conocí el agua en su potencia, era imparable, no sabía a dónde me conducía, tenía un frío que me torturaba. Allí, titilante, recordé que alguna vez un viejo sabio había sido aprendiz de un río y desee volver a intentarlo.

Cuando entramos en el agua, abrimos en un espacio (a través de nuestras cualidades físicas: peso, masa, volumen), el cual se cierra inmediatamente después de nuestro paso; el contenedor opone resistencia a la fuerza que ejerce nuestro cuerpo y se cierra para conservar sus formas. Sin embargo, la experiencia acuosa queda viva en nosotros, aún después de secarnos, recordamos en nuestros cuerpos el bienestar refrescante que nos puede brindar el agua en un día caluroso o el malestar que nos puede generar estar mojados en un día lluvioso. Esos son los vestigios de la relación que establecemos con el agua, la experiencia acuosa nos penetra, no sólo físicamente durante el momento del contacto, sino afectivamente en el recuerdo del mismo. Entonces, el límite del agua no sólo contiene y encierra las formas, también las libera en su afectividad. De allí que esta obra fuera realizada pensándola como gesto escultórico- afectivo, se trató de nadar contra una caída de agua, señalando la lucha de la humanidad contra las fuerzas naturales.

Eng

The action was to swim against a waterfall of freezing water. I remember the heavy breathing, the clumsy strokes, the aching shoulders, the feeling of being hit by rocks, swallowing water—there was no fear, only movement and disorientation. My hands were numb, and I felt as if all my effort had been in vain. In a way, it was an illusion: swimming was just a way to convince myself that I had control, but that wasn’t true at all—I was always at the mercy of the waterfall. I came to know water in its full force. It was unstoppable. I didn’t know where it was taking me, and its coldness felt torturous. There, trembling, I remembered that once an old sage had been an apprentice to a river, and I wished to try again.

When we enter the water, we open up a space (through our physical qualities: weight, mass, volume), and that space closes immediately after we pass through. The container resists the force of our body and closes in on itself to preserve its shape. However, the watery experience stays alive in us—even after we dry off, our bodies remember the refreshing comfort water can give on a hot day, or the discomfort of being wet on a cold, rainy day. These are the traces of the relationship we form with water. The experience of water penetrates us—not just physically in the moment of contact, but emotionally, through its memory. In this sense, the limit of water doesn’t just contain and hold shapes—it also releases them through feeling. That’s why this piece was conceived as a sculptural-affective gesture: it was about swimming against falling water, as a way to express humanity’s struggle against the forces of nature.